La imagen de Víctor de Aldama y Esperanza Aguirre en una manifestación contra la corrupción retrata una anomalía política difícil de justificar. No se trata de negar el derecho a manifestarse, sino de recordar que la regeneración democrática pierde credibilidad cuando la encabezan quienes cargan con un pasado tan comprometido.
La marcha celebrada en Madrid contra el Gobierno de Pedro Sánchez dejó una fotografía tan elocuente que apenas necesita interpretación: Víctor de Aldama y Esperanza Aguirre en la primera línea de una protesta contra la corrupción. La movilización, convocada por Sociedad Civil Española y apoyada por PP y Vox, reunió a unas 40.000 personas según la Delegación del Gobierno, con Aguirre en la cabecera y Aldama también entre los asistentes.
La escena no es ilegal. Tampoco impide a nadie ejercer sus derechos. Pero sí resulta políticamente indecente. Porque una cosa es manifestarse y otra muy distinta es presentarse como símbolo de limpieza pública cuando el propio historial obliga, como mínimo, a una prudencia elemental.
La cabecera de una marcha contra la corrupción exige más memoria democrática
Víctor de Aldama no es un ciudadano anónimo indignado por los escándalos públicos. Es el empresario y presunto comisionista que se sienta en el banquillo del caso Koldo, acusado junto a José Luis Ábalos y Koldo García por delitos como cohecho, tráfico de influencias, malversación, integración en organización criminal, falsedad, prevaricación y uso de información privilegiada. RTVE recuerda que la Guardia Civil lo considera el “nexo corruptor” de la trama.
Además, Aldama estuvo en prisión provisional por otro procedimiento, el presunto fraude de 182 millones de euros en el sector de los hidrocarburos. La Audiencia Nacional mantuvo esa medida por riesgo de fuga y posible destrucción de pruebas, según la información recogida por RTVE.
Con ese contexto, su presencia como figura aclamada en una manifestación contra la corrupción no fortalece ninguna causa cívica. La debilita. La convierte en una caricatura. Es difícil pedir ejemplaridad institucional mientras se aplaude a alguien cuyo nombre aparece asociado a algunos de los procedimientos que más han deteriorado la confianza pública.
Esperanza Aguirre no puede borrar la corrupción de su etapa política
El caso de Esperanza Aguirre es distinto en el plano judicial, pero no menos delicado en el político. La Audiencia Nacional confirmó el archivo de la pieza de Púnica sobre financiación del PP de Madrid para ella, Ignacio González y varios exconsejeros, y esa realidad debe respetarse.
Ahora bien, la responsabilidad política no se mide solo por una condena penal. Aguirre dimitió en 2017 como concejal y portavoz del PP en el Ayuntamiento de Madrid tras la detención e ingreso en prisión de Ignacio González, su sucesor y una de sus personas de máxima confianza, dentro de la Operación Lezo. Ella misma habló entonces de su responsabilidad por no haberlo vigilado.
Durante sus años al frente de la Comunidad de Madrid y del PP regional, casos como Gürtel, Púnica o Lezo golpearon con fuerza al entorno político que ella dirigía. Que esa trayectoria pretenda situarse ahora en primera línea moral contra la corrupción exige una desmemoria difícil de aceptar.
La regeneración democrática no puede ser una pancarta de usar y tirar
La corrupción merece protesta, denuncia y exigencia de responsabilidades, gobierne quien gobierne. Pero esa exigencia se vacía cuando se utiliza como arma selectiva y no como principio democrático. La corrupción no se combate solo señalando al adversario, sino apartando del foco a quienes convierten la pancarta en un ejercicio de cinismo.
La imagen de Aldama y Aguirre en primera línea no escandaliza por su derecho a estar allí. Escandaliza por lo que simboliza. Cuando quienes han estado rodeados de causas, acusaciones, investigaciones o responsabilidades políticas se presentan como abanderados de la regeneración, el mensaje deja de ser creíble.
Una manifestación contra la corrupción necesita coherencia. Sin ella, la protesta se parece demasiado a un ajuste de cuentas partidista. Y cuando la regeneración democrática se delega en protagonistas con ese pasado, el chiste, efectivamente, se cuenta solo.








