Los afiladores de Madrid se apagan: una profesión casi extinta que resiste en mercados y restaurantes

Fecha de publicación: 9 de junio de 2026 a las 10:37
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Afilador de Madrid trabajando en el afilado de cuchillos en su taller móvil en una calle de la capital

El oficio del afilador ambulante, ligado durante décadas al sonido del chiflo en las calles, sobrevive en Madrid gracias a unos pocos profesionales. La hostelería, los mercados y algunas cuchillerías mantienen con vida una labor artesanal cada vez menos visible.

Los afiladores de Madrid forman parte de una imagen que muchos vecinos reconocen antes por el oído que por la vista. Ese sonido agudo que anunciaba la llegada del afilador apenas se escucha ya en la capital, aunque el oficio no ha desaparecido del todo. Quedan pocos profesionales y muchos ya no se anuncian con el chiflo tradicional, pese a que el trabajo sigue teniendo demanda. En este contexto, la Comunidad de Madrid mantiene distintas iniciativas de apoyo a los oficios tradicionales y al tejido productivo, como las ayudas para pymes artesanas que todavía pueden solicitarse en determinados casos.

Por qué el afilador ambulante casi ha desaparecido de las calles de Madrid

Durante años, el afilador fue una figura habitual en barrios, mercados y pueblos. Llegaba con su bicicleta o su herramienta de trabajo, avisaba con una melodía característica y los vecinos bajaban cuchillos, tijeras o navajas para recuperar el filo perdido.

Los Archivos de la Comunidad de Madrid recuerdan que el afilador o amolador era un comerciante ambulante dedicado a afilar instrumentos de corte, y que antes era común verlo recorrer calles y ciudades montado en bicicleta.

Hoy la escena es muy distinta. El consumo rápido, la sustitución de utensilios baratos y la falta de relevo generacional han reducido el número de profesionales. El oficio exige destreza, paciencia y conocimiento de materiales, algo difícil de improvisar y poco atractivo para muchos jóvenes frente a otros trabajos con horarios más previsibles.

La hostelería mantiene viva una profesión antigua que exige precisión manual

Aunque el afilador de barrio casi ha desaparecido, la profesión conserva un espacio propio en cocinas profesionales, carnicerías y mercados. TeleMadrid ya mostraba el caso de Jesús, uno de los pocos afiladores ambulantes que siguen trabajando en Madrid, con una furgoneta taller y una clientela ligada a restaurantes y profesionales del corte.

El País también recogió la historia de Jesús Galache, que recorría mercados madrileños con su furgoneta taller tras 25 años de oficio, especializado en cuchillos, hachas y tijeras. Su trabajo no consistía solo en pasar una hoja por la piedra: cada herramienta requiere un trato diferente, sobre todo cuando se usa a diario en carnicerías o cocinas.

Ese punto explica por qué el oficio sigue siendo necesario. Un cuchillo mal afilado obliga a hacer más fuerza, empeora el corte y puede acortar la vida útil de la herramienta. Para un chef o un carnicero, el afilado no es nostalgia, sino parte del trabajo diario.

El chiflo del afilador deja paso a furgonetas taller y comercios especializados

El sonido del chiflo ha perdido presencia, pero la necesidad de afilar no ha desaparecido. En Madrid quedan rutas, talleres móviles y negocios especializados que han adaptado el oficio a una ciudad más rápida, menos vecinal y con más peso de la hostelería.

Un ejemplo está en Cuchillería Luna, en el entorno de Atocha y Antón Martín, un negocio familiar con décadas de historia donde el afilado sigue vinculado a la cocina profesional. Su responsable, Mario Fernández Luna, mantiene una tradición de varias generaciones y trabaja para bares, restaurantes y clientes que prefieren recuperar sus cuchillos antes que sustituirlos.

¿El oficio está extinguido o en auge? Quedan pocas personas dedicadas al afilado en Madrid, pero el servicio sigue siendo importante para muchos chefs. Incluso aparecen perfiles jóvenes, como Javier Medel, que se han incorporado a cuchillerías y pueden ayudar a que el oficio no se pierda del todo.

Los afiladores de Madrid ya no ocupan el lugar cotidiano que tuvieron en las calles, pero su desaparición total aún no se ha producido. Sobreviven donde el filo sigue siendo una herramienta de trabajo, en mercados, cocinas y talleres que conservan una profesión discreta, precisa y cada vez más rara. En nuestra sección de empleo encontrarás otros trabajos importantes, pero casi extintos.

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