Madrid no puede presumir de ciudad abierta, moderna y patriótica mientras permite que las pertenencias de las personas sin hogar acaben en un camión de limpieza como si fueran escombros. Una ciudad se mide por cómo trata a quienes menos tienen.
Hay noticias que no deberían dejar indiferente a nadie. La publicada por El País sobre la orden del Ayuntamiento de Madrid de no avisar con antelación a las personas sin hogar cuando se activa un protocolo de limpieza debería avergonzarnos como ciudad. No solo por lo que cuenta, sino por lo que revela: una forma de mirar la pobreza no como una responsabilidad colectiva, sino como una molestia estética.
Porque detrás de una manta, de una mochila, de una tienda de campaña o de unas bolsas junto a un banco no hay “suciedad”: hay una vida. Hay una persona. Hay alguien que quizá perdió su empleo, su vivienda, su familia, su salud mental, su red de apoyo o todas esas cosas a la vez. Alguien que, por el motivo que sea, ha acabado durmiendo en la calle. Y cuando una administración decide que sus pertenencias pueden retirarse sin aviso previo, lo que está diciendo, aunque no lo admita, es que esa persona importa menos.
Importa menos su documentación. Importa menos su medicación. Y también la ropa con la que se abriga. Importa menos el vínculo que los trabajadores sociales han construido durante meses. Importa menos su dignidad.
Se habla mucho de limpieza. Pero conviene preguntarse qué se quiere limpiar exactamente. ¿La calle o la conciencia? ¿El espacio público o la presencia incómoda de quienes nos recuerdan que esta ciudad también expulsa, abandona y fracasa? Una administración tiene la obligación de cuidar la salubridad y la convivencia, por supuesto. Pero ninguna limpieza puede hacerse a costa de borrar a las personas pobres del paisaje urbano como si fueran manchas.
Lo más grave de esta forma de actuar es la deshumanización. Tratar las pertenencias de una persona sin hogar como basura es tratar a esa persona como si también lo fuera. Y no lo es. Nadie lo es. Quien vive en la calle no ha dejado de ser vecino, ciudadano, sujeto de derechos ni ser humano. No se pierde la dignidad por dormir en un portal. La pierde, en todo caso, una sociedad que mira hacia otro lado mientras una excavadora administrativa arrasa con lo poco que alguien conserva.
Resulta especialmente doloroso que esto ocurra en Madrid, una ciudad que presume de hospitalaria, abierta y orgullosa. Y resulta aún más contradictorio cuando viene de un espacio político que acostumbra a envolverse en la palabra “patria” como si fuera patrimonio propio. Porque no hay nada menos patriótico que abandonar a quienes viven en tu país. No hay patria en una bandera si debajo de esa bandera se permite que haya gente durmiendo sin techo y perdiendo lo poco que tiene sin previo aviso.
La patria no es un eslogan. No es una pulsera, una foto institucional ni un discurso encendido en campaña. La patria son las personas. También las que no votan, las que no tienen domicilio, las que no salen en los actos oficiales, las que duermen bajo un puente o junto a una estación. La patria es la obligación moral de no dejar a nadie tirado. Y quien utiliza España como bandera mientras permite que en su capital se trate así a los más vulnerables debería explicar qué entiende exactamente por amor a su país.
Desde una conciencia social mínima, esto debería ser inadmisible. No hace falta ser de izquierdas para entenderlo, aunque desde la izquierda tienen la obligación de decirlo con claridad: las personas sin hogar no necesitan mano dura, necesitan vivienda, acompañamiento, salud mental, empleo digno, protección social y una administración que no las revictimice. Necesitan políticas públicas, no operativos que les arrebaten sus pocas pertenencias. Necesitan humanidad, no castigo.
También como sociedad tenemos que mirarnos al espejo. Es demasiado fácil señalar al Ayuntamiento y quedarnos tranquilos. Pero la pregunta va más allá de Cibeles. ¿Qué hacemos cada uno de nosotros cuando vemos a alguien durmiendo en la calle? ¿Lo vemos realmente o hemos aprendido a esquivar la mirada? ¿Entendemos que esa persona tiene una historia, un nombre, una familia, un miedo, una esperanza? Ayudar no siempre significa resolverlo todo. A veces empieza por no despreciar, por no criminalizar, por no votar políticas que convierten la pobreza en un problema de orden público.
Una ciudad decente no es la que esconde mejor la pobreza, sino la que trabaja para que nadie tenga que vivir en ella. Una ciudad limpia no es aquella donde no se ven mantas en los soportales, sino aquella donde nadie necesita una manta en un soportal para sobrevivir. Madrid no será más habitable porque se retiren las tiendas de campaña; lo será cuando haya alternativas habitacionales reales. No será más segura porque se tiren mochilas; lo será cuando sus vecinos más vulnerables tengan derechos garantizados.
Lo que se espera de una administración pública no es que barra la miseria de una acera, sino que combata las causas que llevan a alguien a dormir en ella. Avisar con antelación no es un privilegio: es el mínimo respeto. No tirar documentación o medicación no es una concesión: es humanidad elemental. Y ofrecer una alternativa habitacional antes de levantar un asentamiento no es radicalidad: es decencia democrática.
Madrid merece algo mejor que una política social subordinada a la escoba. Merece un Ayuntamiento que no confunda limpieza con expulsión, convivencia con invisibilización ni gestión con crueldad. Y, sobre todo, las personas sin hogar merecen algo que nunca debieron tener que reclamar: ser tratadas como personas.
Porque una sociedad que permite que se tire a la basura lo poco que posee quien no tiene casa está diciendo mucho de sí misma. Y nada bueno.








