En China, el problema de la desetificación, avanza a un ritmo de 7 millones de hectáreas de suelo fértil al año, y ya ha convertido un tercio del territorio en tierras degradadas.
La respuesta más famosa fue plantar árboles a lo grande con la llamada Gran Muralla Verde, una franja de miles de kilómetros, pero en algunas regiones hasta el 85% de los árboles plantados termina muriendo. Y cuando eso pasa, no solo no paras el desierto: puedes secar el subsuelo y empeorar el escenario. Por eso ahora el país gira el volante hacia especies nativas, suelos más completos (con ayuda de animales excavadores) y megaproyectos de agua que buscan llevar recursos hídricos justo al borde del Gobi.
¿Qué es la desertificación y por qué es un desastre tan silencioso?
La desertificación es un desgaste lento: la capa viva del suelo se va perdiendo, y con ella se van el agua, los cultivos y la estabilidad de muchas comunidades. Mientras lees esto, aproximadamente el 40% de la superficie terrestre ya está en estado de sequía, y más del 70% sufre algún tipo de impacto. Y cada año, la desertificación convierte 7 millones de hectáreas de suelo fértil en “tierra muerta”, algo que no es solo arena ocupando sitio, sino agua desapareciendo y tormentas de polvo cruzando continentes.
El proceso empieza con sequías más intensas y también con una gestión inadecuada: deforestación, pastoreo excesivo y técnicas agrícolas que eliminan la vegetación hasta dejar la tierra desnuda. Sin raíces que sujeten la superficie, el viento se lleva la capa fértil; sin materia orgánica, el agua no se infiltra (es decir, no “entra” en el suelo), se escurre y arrasa lo poco que queda. Un ex secretario de la Convención de la ONU sobre la desertificación lo resumió con una frase muy directa: «Veinte centímetros de capa superficial del suelo es todo lo que separa a nuestra especie de la extinción».
Hay ejemplos que ayudan a ponerle cara a este problema. El antiguo lago Chad, que fue uno de los lagos de agua dulce más grandes del planeta, ha perdido aproximadamente el 90 % de su superficie desde la década de 1960. En Estados Unidos, el Dust Bowl de la década de 1930 arrastró cientos de millones de toneladas de suelo fértil desde las llanuras y obligó a más de 500 personas a abandonar granjas y pueblos. No fue un “accidente climático”: fue sequía mezclada con un uso intensivo y destructivo de la tierra.
¿Cómo funciona la Gran Muralla Verde de China y qué se hizo durante más de cuatro décadas?
La Gran Muralla Verde de China se planteó como una franja de bosques de miles de kilómetros a lo largo del borde de los desiertos, especialmente alrededor del Gobi. Si el desierto avanza, se planta una barrera verde hasta frenarlo. Durante más de cuatro décadas, se movilizó a millones de personas (estudiantes, soldados, agricultores, trabajadores urbanos) para plantar en regiones áridas y con muy poca agua.
La operación fue de todo menos pequeña: aviones militares lanzaron semillas, equipos cavaron agujeros en suelos “tan duros como el hormigón” y se instalaron sistemas de riego por goteo en pleno desierto. Desde arriba, el resultado parecía espectacular: imágenes satelitales mostrando cinturones verdes donde antes había arena y pastos degradados. Los informes oficiales hablaban de miles de millones de árboles plantados y el proyecto se promocionó como símbolo de “ingeniería ecológica” nacional (y, siendo honestos, también quedaba estupendo en la foto).
¿Por qué en algunas zonas muere hasta el 85% de los árboles plantados?
Aquí llegó el choque con la realidad: los árboles son organismos vivos, no bloques de hormigón. En muchas zonas, entre 2 y 5 años después de la siembra, los bosques jóvenes empezaron a morir en masa. Los investigadores describieron un paisaje inquietante: no había insectos, no había hierba y el suelo, duro como un ladrillo, no absorbía agua ni tenía microorganismos. Cuando llovía, el agua corría por la superficie “como si fuera hormigón”.
Para crecer rápido, los árboles jóvenes extraían cada vez más agua del subsuelo. Como la recarga natural era baja, el nivel freático (la altura a la que está el agua subterránea) descendió entre 10 y 60 metros en ciertas zonas. Resultado: pozos viejos secos, campos agrietados y suelo hundiéndose. En vez de “parar” la desertificación, en algunos puntos se estaba empujando el sistema a un límite aún peor.
Los tres errores del “muro verde”: monocultivo, ecosistema a medias y plantar donde no toca
El primer error fue apostar por el monocultivo, es decir, plantar enormes superficies con muy pocas especies, priorizando árboles de rápido crecimiento como álamos y olmos siberianos. Crecen rápido, facilitan la mecanización y alimentan informes con cifras redondas. El problema es que, ecológicamente, se describe como una bomba de relojería: raíces poco profundas, alto consumo de agua, baja resistencia a plagas y poca diversidad genética. En la década de 2000, el escarabajo asiático de cuernos largos se propagó y destruyó casi mil millones de árboles, a un ritmo que los científicos compararon con un «incendio sin fuego».
El segundo error fue saltarse la arquitectura básica de un ecosistema saludable. En lugar de construir tres capas de vegetación (pastos, arbustos y árboles), se pasó del suelo desnudo a árboles altos. Sin hierba que retenga humedad, sin arbustos que frenen el viento a ras de suelo y sin una red de hongos simbióticos (hongos asociados a raíces que ayudan al intercambio de nutrientes), el bosque se quedaba “en pie” sobre una base muerta. De lejos parecía un bosque; de cerca, era madera cubierta de polvo.
El tercer error fue plantar un bosque donde no puede existir un bosque. Se explica que grandes porciones del Gobi están fuera de las vías de humedad provenientes del océano, con precipitaciones anuales extremadamente bajas. En esas condiciones, forzar grandes bloques de árboles es “como intentar mantener un acuario sin reponer nunca el agua”. Y no es un tropiezo exclusivo de China: la Unión Soviética intentó algo similar en las décadas de 1940 y 1950, y la mayoría de esos bosques colapsaron.
¿Qué papel juegan los jerbos y otros animales excavadores en la recuperación del suelo?
Cuando el muro verde mostró sus grietas, cobró fuerza una idea distinta: usar animales excavadores como aliados para restaurar el suelo. La lógica parte de algo que a veces se olvida: el suelo no es polvo quieto, es un sistema vivo con túneles, grietas y redes microscópicas. De hecho, aproximadamente una cuarta parte de la biomasa del planeta (la cantidad total de materia viva) está bajo la superficie.
En ese mundo subterráneo, jerbos, topos, termitas, lombrices de tierra y escarabajos actúan como “ingenieros” naturales. Cada túnel mejora la infiltración del agua (que el agua se filtre hacia dentro), rompe la compactación y ayuda a estabilizar temperatura y humedad. Sus madrigueras funcionan como pequeñas estaciones de recuperación donde la humedad dura más y las semillas tienen más opciones de germinar. Un ecologista incluso describió al jerbo como «la máquina de economía biológica más eficiente que el desierto haya creado jamás».
El matiz es importante: no hay soluciones mágicas. En ecosistemas equilibrados, los roedores representan entre el 5% y el 10% de la biomasa animal, pero en entornos degradados esa cifra puede dispararse. Una sola hembra de jerbo puede tener hasta seis camadas al año, con varias crías en cada una, y sin depredadores (búhos, zorros, aves rapaces) las poblaciones crecen más rápido de lo que se recupera la vegetación. Si se comen raíces y hierba y dejan el suelo al descubierto, una pérdida de cobertura vegetal de solo 3 a 6 meses puede hacer que el suelo pierda hasta el 40% de su capacidad de retención de agua, reabriendo la puerta a la desertificación.
En Kazajistán, una plaga de roedores destruyó casi el 40% de los campos de trigo en algunas provincias en un solo año, y en Mongolia se han lanzado campañas para controlar poblaciones fuera de control. También se menciona que los roedores albergan docenas de patógenos que pueden afectar al ganado y a los cultivos. Si a eso le sumas sistemas simplificados (todo igual, misma especie, misma edad, misma debilidad), cualquier plaga encuentra un banquete perfecto.
¿Qué está cambiando China ahora: especies autóctonas y un plan de agua a escala continental?
Con bosques muriendo, roedores que pueden descompensarse y aguas subterráneas bajando, China ha empezado a ajustar su estrategia. En lugar de medir el éxito solo por cuántos árboles se plantan, aparecen proyectos piloto centrados en la restauración de ecosistemas enteros, replicando la vegetación nativa de cada región: combinaciones de coníferas, árboles de hoja ancha, bosques de bambú y campos naturales. La prioridad pasa de una “alfombra verde” uniforme a mosaicos de hábitats con más especies, más capas de vegetación y más resiliencia.
La regla que se desprende es bastante terrenal: plantar solo donde la naturaleza lo permita y con especies locales ya adaptadas, en vez de insistir con grandes monocultivos en zonas extremadamente secas. También se mencionan acuerdos con organizaciones ambientalistas para ampliar proyectos con especies nativas y monitorizar mejor el impacto real sobre suelo, agua y biodiversidad.
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